Yo llegué a Moria Casán por Netflix y bastante tarde.
En Argentina esto debe de sonar parecido a decir que acabas de descubrir a Maradona. Aquí no tanto.
Podemos haber oído su nombre, habernos cruzado con algún meme o conocer aquel “si querés llorar, llorá” sin saber muy bien de dónde salió. Así que, por si tú también llegas tarde, te pongo rápidamente en situación.
Moria Casán es actriz, presentadora y una de las grandes figuras de la cultura popular argentina. Lleva más de cincuenta años trabajando en teatro, cine y televisión, y ha conseguido algo que ya me gustaría a mí que lograran muchas marcas (y yo misma), después de gastarse una pasta en consultores: que determinadas palabras y frases conduzcan directamente a ella.
En Argentina la llaman “La One” y su manera de responder, rápida, provocadora, llena de imágenes y capaz de dejar a un adversario preguntándose en qué momento se convirtió en un electrodoméstico, ha terminado recibiendo un nombre propio: “la lengua karateca”. Ella atribuye parte de esa rapidez al teatro de revista y también a leer mucho, porque, según explica, la lectura mejora el vocabulario y permite “maquillarlo”.
Netflix estrenó el pasado 14 de agosto Moria, una ficción de ocho capítulos inspirada en su vida. Tres actrices la interpretan en diferentes momentos y la propia Moria aparece como una especie de directora insolente de su recuerdo.
La serie es una versión estilizada de su biografía, algo bastante coherente, por cierto, con una mujer que lleva media vida convirtiéndose a sí misma en relato.
Yo estaba viendo el primer capítulo cuando ocurrió… De pronto, me enamoré:
En una discoteca, el personaje de la joven Moria se enfrenta a su pareja, un hombre posesivo que intenta llevársela de allí y recordarle, de una forma nada delicada, quién manda. La escena podría haber seguido el guión previsible: él impone la situación, ella se defiende y nosotros decidimos quién tiene razón.
Pero ella hace algo distinto, empieza a hablar y, mientras habla, cambia el significado de lo que estamos viendo. Aquello fue lo que me hizo abrir una libreta…
Después salí de Netflix y empecé a buscar a la Moria real. Empecé a ver entrevistas, discusiones, programas antiguos, frases que llevan décadas circulando por Argentina, conversaciones recientes…
Al principio cometí el error más obvio: fui recogiendo perlas que ha dicho como estas: “Soy el Obelisco con tetas”, “el decorado se calla”, “comen mortadela y eructan caviar”, “sos un helado de pollo”, “si yo soy cotillón, vos sos papel picado”.
Una detrás de otra son maravillosas, pero también son una trampa, porque si analizamos a Moria frase por frase llegamos enseguida a conclusiones bastante pobres: es rápida, utiliza metáforas, tiene sentido del humor, provoca, crea imágenes memorables. Todo cierto y todo insuficiente.
La pregunta interesante no es por qué funciona una frase de Moria, sino por qué, diga lo que diga, reconocemos que ese lenguaje pertenece al mismo universo y ahí aparece algo bastante más serio.
Creo que la llamada “lengua karateca” (ella lo define así) no es una colección de ocurrencias. Es un sistema narrativo y ¡menudo sistema!
Una pequeña herejía sobre el storytelling
Nos hemos acostumbrado tanto a utilizar storytelling para vender cursos que hemos acabado reduciendo la narrativa a contar una anécdota con principio, nudo y final, preferiblemente con una abuela, una adversidad y una moraleja que pueda ponerse en LinkedIn.
«Narrar es mucho más que contar historias.» – Ana Mata, narratipa.
Narrar también consiste en decidir quién es protagonista y quién secundario, dónde empieza el conflicto, qué causa qué, quién merece nuestra simpatía, qué es importante y qué puede ser tratado como ruido.
Una buena parte de nuestra realidad social funciona así. No vivimos únicamente acontecimientos, sino que vivimos acontecimientos interpretados.
Por eso Goffman, sociólogo y escritor, estudió las interacciones cotidianas como escenarios en los que presentamos una determinada imagen de nosotros mismos y negociamos continuamente nuestra posición frente a los demás.
Por eso la lingüística interaccional insiste en algo especialmente útil para entender a Moria: el contexto no está completamente construido antes de que empecemos a hablar, sino que cada nueva intervención puede modificarlo.
Aquí ella es fascinante, porque tiene una capacidad extraordinaria para hacer exactamente eso en tiempo real: no entra en una escena y pregunta qué papel le han dado. Reparte ella el casting.
Así que cuanto más veía, más claro tenía que reducirla a “una mujer muy ingeniosa que dice barbaridades” era como explicar a Dalí diciendo que pintaba unos relojes bastante raros.
Había un sistema debajo: cuando entra en una conversación no solo defiende una opinión, sino que intenta decidir quién es ella dentro de esa escena, quién eres tú, qué significa lo que acaba de ocurrir y desde dónde debería interpretarlo todo el que está mirando.
Ahí empieza el karate y te lo voy a explicar (pasito a pasito, que diría Luis Fonsi).
Primer movimiento: Moria se narra antes de que otro pueda narrarla
Empecemos por una de sus frases más conocidas:
“Soy el Obelisco con tetas”.
Si no conoces Buenos Aires, el Obelisco es uno de los grandes símbolos de la ciudad. Está en plena avenida 9 de Julio y tiene casi setenta metros de altura. No es precisamente una farola.

Moria podría haber dicho que se considera una figura importante del espectáculo argentino. Habría sido exacto y habría tenido aproximadamente el mismo interés que la memoria anual de una aseguradora.
En cambio, se convierte en monumento… y después le pone tetas.
Boom. ¡Te prometo que me fascina!
La gracia de la frase nos puede hacer pasar por alto lo que está haciendo. Moria no se describe mediante cualidades. No dice “soy fuerte”, “soy importante” o “soy muy conocida”. Fabrica una imagen de sí misma y nos obliga a pensarla dentro de esa imagen.
Hace algo parecido cuando sostiene que hay artistas que no necesitan apellido o cuando sentencia que “siempre somos los mismos, el resto es casting”.
La segunda frase divide de golpe el espectáculo en dos categorías: quienes pertenecen y quienes todavía están haciendo una prueba para ver si algún día consiguen entrar. Naturalmente, ella ya se ha asignado camerino.
Aquí nos sirve Aristóteles, que si me lees, ya sabes que dedicó su Retórica a estudiar cómo conseguimos persuadir. Entre otras cosas distinguió tres dimensiones que siguen siendo enormemente útiles: el logos, relacionado con los argumentos; el pathos, con las emociones que movilizamos; y el ethos, con la imagen de credibilidad, carácter y autoridad que construye quien habla.
El ethos es especialmente interesante porque no equivale a tener un buen currículum. Es la respuesta que provoca el hablante a una pregunta que rara vez formulamos conscientemente: ¿quién es esta persona para decirme esto?
Moria contesta esa pregunta antes de que podamos hacérsela (y no la contesta una vez), sino que lleva décadas repitiendo una autobiografía simbólica muy coherente.
Es monumento, pero también es calle. Habla del “taco gastado” por los años de escenario. Se presenta como alguien que ha pasado por el barro y ha sobrevivido. Moria ha construido un relato sobre sí misma que admite contradicciones sin romperse.
Yo soy grande, pero conozco el barro.
Yo pertenezco arriba, pero he estado abajo.
A mí me pueden ocurrir cosas degradantes, pero la degradación nunca define el final de la historia.
Ains, sublime… ¿te he dicho que me enamora esta mujer?
Eso es una forma potentísima de autoridad… y es maravillosa.
Normalmente pensamos que una reputación fuerte se construye ocultando aquello que podría desacreditarla. Moria hace casi lo contrario. Incorpora la caída al personaje antes de que otro pueda utilizarla en su contra. La cloaca ya pertenece a su mitología, así que deja de funcionar como arma.
Es una estrategia narrativa de una enorme eficacia:
si integras tus contradicciones en el relato de quién eres, reduces la capacidad del otro para utilizarlas como revelación.
No hace falta ser una diva argentina para entender la utilidad de esto.
Segundo movimiento: después de decidir quién es ella, decide quién eres tú
Aquí empieza la parte más divertida y también la más peligrosa de la máquina.
Una discusión corriente suele consistir en intercambiar argumentos dentro de una clasificación que más o menos hemos aceptado. Si me dices que mi propuesta es cara, intento demostrarte que no lo es. Si afirmas que soy demasiado ambiciosa, me defiendo de la acusación. Tú colocas una etiqueta y yo empiezo a pelearme con ella.
Moria tiene una costumbre bastante más interesante y es que a menudo rechaza la clasificación completa y fabrica otra.
Una de sus respuestas lo muestra perfectamente:
“Si yo soy cotillón, vos sos papel picado”.
No hace falta conocer el sentido argentino de cotillón con mucha precisión para entender la operación: alguien intenta rebajarla y ella ni siquiera pierde tiempo negando la premisa. La acepta provisionalmente para poder construir inmediatamente una categoría inferior para el otro.
“Vale, imaginemos que yo soy esto. Entonces tú eres aquello.”
Ha cambiado la escala.
Esto es un reencuadre. Reencuadrar significa modificar el marco desde el que interpretamos una situación. No consiste necesariamente en aportar información nueva; muchas veces consiste en alterar la comparación, la pregunta o el criterio con el que estábamos juzgando lo que sucede.
Aquí aparece Erving Goffman, que merece presentación porque no todo el mundo se levanta pensando en sociólogos canadienses.
Goffman fue uno de los grandes estudiosos de la interacción social del siglo XX. Se hizo famoso analizando cómo nos presentamos ante los demás y cómo cada situación contiene unas reglas implícitas sobre quiénes somos, qué papel ocupamos y qué está sucediendo.
Más tarde desarrolló el concepto de frame, el marco interpretativo que utilizamos para dar sentido a una situación. La pregunta de fondo es sencillísima: ¿qué está pasando aquí?
Esta pregunta importa mucho porque quien consigue imponer la respuesta ya ha avanzado bastante en la conversación.
Imagina que presentas una inversión de 30.000 euros y alguien dice: “Esto es demasiado caro”. Si empiezas inmediatamente a explicar cada partida del presupuesto, has aceptado que la conversación trata sobre gastar 30.000 euros.
Sin embargo, si preguntas cuánto dinero está costando cada año el problema que quieres solucionar, todavía hablas de dinero, pero ya no estás dentro de la misma historia.
Moria hace este tipo de operaciones con una velocidad brutal y de una forma mucho menos civilizada (pero igualmente magistral).
Su frase “El decorado se calla” es probablemente el ejemplo más claro.
Nació, según ha explicado ella misma, mientras ejercía de jurado en un programa de televisión. El público gritaba, aprobaba o protestaba continuamente y Moria decidió bautizarlo como “decorado”.
Pensemos qué cambia entre decir “por favor, dejadme hablar” y decir “el decorado se calla”.
Fíjate, en el primer caso reconoce que delante tiene interlocutores y les pide silencio.
En el segundo les cambia de especie: hace un segundo eran personas con voz y ahora son escenografía (y la escenografía, salvo que IKEA se nos haya ido definitivamente de las manos, no suele intervenir en una conversación).
Por lo tanto, otra super lección: no ha rebatido lo que dicen; ha modificado quiénes son dentro de la escena. Y es que Moria no siempre intenta ganar el argumento, a veces intenta ganar la definición… ¿no es para adorarla?
Tercer movimiento: convierte el juicio en materia
Hay otro patrón que aparece constantemente en su forma de hablar y que me fascina porque explica buena parte de su capacidad para quedarse en la memoria.
Moria piensa en cosas: en cuerpos, comida, animales, ropa, olores, mierda, electrodomésticos, objetos baratos, objetos caros… Su lenguaje está lleno de materia.
Donde una persona normal diría “eres irrelevante”, ella fabrica un “helado de pollo”.
Donde podríamos hablar de impostura social, Moria dice:
“Comen mortadela y eructan caviar”.
La frase es bastante más sofisticada de lo que parece.
La mortadela y el caviar pertenecen a dos universos simbólicos muy distintos. Uno se asocia a lo cotidiano y barato y el otro, al lujo. Hasta ahí tenemos una antítesis clásica, una figura retórica basada precisamente en colocar elementos opuestos para intensificar el contraste.
Pero Moria añade un verbo: eructar y aquí está la genialidad, ya que el caviar no entra en el cuerpo. Sale. No es alimento, es emanación.
Con esto, Moria ha formulado una pequeña teoría sobre la apariencia social y ha necesitado siete palabras.
En definitiva, ha comprimido una idea abstracta dentro de una experiencia sensorial y eso es una habilidad comunicativa enorme.
Nuestro lenguaje profesional hace continuamente el camino inverso. Cogemos algo que podría entenderse perfectamente y lo convertimos en “optimización de procesos”, “generación de valor diferencial”, “liderazgo transformacional” o cualquiera de esas expresiones que nos permiten hablar veinte minutos sin que nadie pueda visualizar absolutamente nada.
Moria introduce mortadela y de pronto vemos la idea.
El “helado de pollo” utiliza otro mecanismo.
«Sos un helado de pollo. No existís»
Un helado y un pollo son dos categorías perfectamente normales hasta que alguien decide casarlas. La incongruencia obliga a la mente a detenerse y resolver una imagen imposible. Después llega el remate: “no existís”.
No he parado de reirme desde que descubrí la frase. Fíjate que la imagen ha hecho el trabajo previo. Un helado de pollo no existe (ni debería) y, por tanto, durante un segundo absurdo, la conclusión parece razonable.
No está demostrando nada mediante lógica formal, sino que está construyendo una imagen que hace emocionalmente plausible su conclusión.
Esto explica por qué las buenas metáforas son tan poderosas. No adornan un pensamiento que ya estaba terminado, sino que modifican cómo lo pensamos.
Cuarto movimiento: el adversario no siempre es la persona a la que quiere convencer
Esta es, probablemente, la pieza que más cambia la interpretación de Moria. Cuando insulta a alguien en televisión, ¿a quién está intentando persuadir?
Seguro que no al insultado.
No imagino a nadie escuchando “eres un felpudo” y respondiendo: “pues mira, planteado así, tienes razón” (seguro que tú tampoco lo imaginas).
El interlocutor muchas veces no es el verdadero destinatario de su discurso: lo es la audiencia.
Esto transforma una discusión de dos personas en una situación triangular. Tenemos a Moria, al adversario y a un tercero que observa y decide qué interpretación acepta.
El humor adquiere entonces una función bastante más interesante: si Moria consigue que la sala se ría con la imagen que acaba de fabricar sobre el otro, ha logrado una ratificación colectiva. No necesita que el adversario admita ser un felpudo. Le basta con que durante unos segundos todos los demás lo veamos como uno.
Esto me lleva a Carnegie de manera irremediable.
Carnegie defendía una influencia basada en reconocer la importancia del otro, evitar humillarlo y favorecer su cooperación. Moria, en sus enfrentamientos, hace exactamente lo contrario: reduce al otro para aumentar su conexión con quienes observan.
No creo que tengamos que convertir esto en una técnica recomendable. La eficacia retórica y la ética no son la misma cosa, y estudiar por qué una estrategia funciona no obliga a comportarse como una psicópata en la reunión del lunes.
Lo que sí merece la pena aprender es el concepto de audiencia real.
Cuando alguien nos cuestiona en una reunión tendemos a concentrar toda nuestra energía en esa persona. Sin embargo, mientras discutimos hay otras ocho formando una opinión sobre nuestra capacidad, nuestro criterio, nuestra reacción emocional y el propio problema.
Puedes no convencer a quien tienes enfrente y, sin embargo, hacer que todos los demás comprendan mejor tu postura. (También puedes ganarle dialécticamente, humillarlo y lograr que el resto piense que eres insoportable).
La persuasión nunca sucede solo entre las dos bocas que están hablando- Ana Mata, persuasiva o persuasora.
Moria lleva décadas trabajando delante de una cámara. Esa tercera presencia forma parte de su manera de comunicarse.
Quinto movimiento: la lengua karateca no está solo en la lengua
Hay un problema inevitable al escribir sobre Moria: en cuanto transcribimos sus frases, empezamos a desmontarlas porque falta la voz.
La prosodia es el conjunto de elementos sonoros que organizan el habla, principalmente la acentuación, el ritmo y la entonación.
Puede modificar cómo interpretamos una frase, dónde percibimos la intención del hablante, qué elemento consideramos importante e incluso si entendemos algo como ironía, enfado, sorpresa o afecto. La investigación sobre prosodia insiste precisamente en que una gran parte de la eficacia comunicativa se juega ahí.
Moria acelera, acumula palabras, repite, corta, alarga sonidos, espera, cambia de registro y remata. Es brillante…
Por eso una secuencia como “de cuarta, patético, siniestro, obsecuente, felpudo” no se entiende del todo escrita.
Lo que vemos en esa frase es una acumulación y una acumulación permite generar tensión y reservar el elemento más visual para el final. Si la voz acompaña esa arquitectura, el último término deja de ser simplemente otro adjetivo y funciona como cierre: “felpudo”.
Aquí sería poco serio afirmar frecuencias, alturas tonales o patrones acústicos concretos sin analizar un corpus de grabaciones. Pero sí podemos afirmar algo respaldado por la investigación sobre prosodia y comunicación multimodal: el significado que recibe el espectador no procede únicamente del texto verbal.
Un cambio inesperado de idioma, una palabra inventada o una construcción absurda rompen el patrón de la conversación y sespués, la prosodia decide gran parte del efecto.
Lo mismo sucede con el cuerpo. La comunicación oral no ocurre mediante un texto flotando en el aire. Mirada, postura, gesto, distancia, expresión facial y gestión del turno participan en la interpretación de lo que estamos oyendo.
Por eso copiar una frase carismática suele servir de poco:
Copiamos el texto y dejamos atrás la persona que sabía hacerlo sonar – Ana Mata, copy-paste.
Sexto movimiento: la misma mujer que te convierte en decorado también puede darte permiso para llorar
Si Moria solo dominara el ataque, acabaría siendo bastante fácil de entender, pero existe otra frase:
“Si querés llorar, llorá”.
Ella misma ha contado que nació durante sus talk shows. Quería que las personas que acudían a contarle su vida se relajaran: si querían contar algo, podían hacerlo; si querían reír, reían; si querían llorar, lloraban. La expresión terminó independizándose del programa y convirtiéndose en una de sus frases más reconocibles.
Vamos a hacer una cosa: comparar dos frases:
“El decorado se calla”.
vs
“Si querés llorar, llorá”.
En una, retira legitimidad y en la otra, concede permiso. Moria no ejerce poder únicamente porque tenga una lengua especialmente afilada. Lo ejerce porque constantemente distribuye valor narrativo: decide qué merece existir dentro de la escena y bajo qué nombre.
Esa capacidad de alternar dureza y permiso evita además que el personaje quede atrapado en una sola emoción. Una persona permanentemente agresiva acaba siendo previsible. Moria puede ser verdugo, anfitriona, bufón, monumento, superviviente, confidente y comentarista de sí misma.
Tiene rango y el rango comunicativo da profundidad.
Y vuelve a aparecer Aristóteles, esta vez con el pathos: la dimensión emocional de la persuasión. Para él, las emociones importaban porque no juzgamos exactamente igual cuando estamos enfadados, asustados, tranquilos o conmovidos. Persuadir también significa comprender el estado emocional de quien escucha.
La lección aquí no es “hay que emocionar a la audiencia”, sino que una voz sin rango acaba convirtiéndose en una caricatura.
Si siempre eres contundente, dejas de parecer contundente y empiezas a parecer una alarma de incendios. ¿Me explico?
El contraste hace visible la intensidad.
Séptimo movimiento: detrás de la espontaneidad hay una cabeza bastante llena
A estas alturas, puedes estar fascinada (como yo), con este personaje, o directamente escandalizada. Da igual.
Te voy a contar un secreto que me terminó de conquistar y que era fácil sospechar: Moria lee mucho.
Ha hablado del Zohar, de Nietzsche, Paul Auster, Schopenhauer y de la “Historia de la estupidez humana” (te lo recomiendo), de Paul Tabori.
Podemos saber qué lee y podemos saber que ella relaciona la lectura con su vocabulario. Lo que no podemos demostrar es qué libro produjo qué mecanismo mental, pero precisamente al eliminar esa causalidad aparece un aprendizaje mucho más interesante.
La espontaneidad de Moria tiene despensa. Hay cincuenta años de escenario, conversación, cultura popular, conflictos, entrevistas, teatro y lectura alimentando esas respuestas que parecen surgir en medio segundo.
Esto importa porque hemos romantizado muchísimo la improvisación. Miramos a alguien rápido y pensamos que “le sale solo”.
Claro que le sale…. después de décadas entrando cosas, por supuesto.
Improvisar bien no consiste en pensar desde cero a gran velocidad, lo dicho muchas veces. Consiste en tener suficiente material dentro para poder hacer conexiones inesperadas cuando las necesitas.
Ahí encuentro una de las diferencias entre sonar culto y haber metabolizado cultura:
Quien necesita demostrar lo que sabe conserva las etiquetas: autor, libro, concepto, cita… pero quien lo ha integrado puede terminar convirtiéndolo en un helado de pollo.
La frase sonaba mejor en mi cabeza, pero la dejo destacada, que para eso me la he currado.
Aunque resulte doloroso para la academia, a veces el helado se recuerda bastante mejor.
Octavo movimiento: llega un momento en que ya no habla Moria. Habla el idioma que ha dejado Moria
Aquí llegamos al último nivel del sistema.
Primero Moria se narró a sí misma. Después narró a los otros. Aprendió a apropiarse de la escena, a convertir conceptos en materia y a ejecutarlos con un lenguaje verbal y corporal inmediatamente reconocible.
Lo hizo tantas veces que ocurrió algo extraño: sus palabras empezaron a independizarse.
“Si querés llorar, llorá”.
“El decorado se calla”.
“¿Quiénes son?”.
“What pass, papi?”.
“Japaleta”.
Ya no necesitan siempre explicar quién las pronunció primero. Circulan en memes, programas, conversaciones y redes. Ella misma decía hace apenas unas semanas que había creado un lenguaje propio y que sus frases eran ya una especie de “Biblia pop”.
Después soltó una frase que, si llevara cincuenta años planificando su posicionamiento con Ries y Trout, no podría haber redactado mejor:
“El lenguaje me hace eterna”.
Al Ries y Jack Trout popularizaron este concepto en marketing para explicar que una marca no se construye únicamente mediante lo que hace una empresa. Se construye, sobre todo, mediante la posición que consigue ocupar en la mente del público. En un mundo saturado de información, nuestra cabeza simplifica y crea asociaciones.
Moria ha logrado una versión extraordinaria de ese fenómeno. No solo ocupa una posición, ocupa palabras.
Y eso es verbal branding de un nivel muy difícil de conseguir. El objetivo final de una identidad verbal no debería ser que todos los textos de una marca “suenen parecido”. Eso es el comienzo. El verdadero premio aparece cuando determinadas expresiones, conceptos o maneras de nombrar quedan tan vinculadas a alguien que empiezan a evocarlo incluso cuando no está presente.
Netflix ofrece una prueba preciosa. La serie tiene ocho episodios y varios se llaman como expresiones asociadas a ella: El Obelisco con tetas, Si querés llorar, llorá, Japaleta.
Pensemos un momento en lo que significa: una frase que inventaste para describirte termina, décadas después, sirviendo para titular el capítulo de la ficción que intenta explicar quién eres.
Eso es cerrar un círculo lingüístico con bastante elegancia. También demuestra algo que me obsesiona cada vez más cuando hablo de marca personal:
tener una voz propia no consiste solamente en elegir cómo dices las cosas. Consiste en producir lenguaje que antes no existía sin ti. – Ana Mata, vocera y lenguaraz.
Entonces entendí lo que había visto en aquella discoteca
Volví mentalmente al primer capítulo.
Rubén entra en “África” (la disco), dispuesto a controlar a una mujer y, de paso, la narración de lo que está ocurriendo. Durante unos segundos parece conseguirlo.
Hasta que ella habla…
Ahora puedo nombrar mejor lo que me fascinó de aquella escena y no era únicamente la respuesta: era una transferencia de autoría.
Él había llegado con una historia en la que ella tenía asignado un papel. Moria cogió esa historia, cambió al protagonista, recategorizó al antagonista y modificó el significado de la situación delante de todos.
Eso es exactamente lo que lleva haciendo después durante décadas.
Primero protege el relato sobre quién es. Después interviene sobre quién es el otro. Si el marco no le sirve, lo cambia. Si una idea es abstracta, la convierte en materia. Mientras habla utiliza voz, cuerpo y ritmo para terminar de construirla. Sobre todo, nunca olvida que detrás de su interlocutor hay alguien mirando.
Con los años añade una última capa: repite ese universo verbal hasta que determinadas palabras dejan de ser frases ingeniosas y se convierten en territorio.
Eso, para mí, explica mucho mejor la lengua karateca que decir que Moria Casán “tiene una gran capacidad de respuesta”.
La respuesta es solo la parte visible, debajo hay construcción de ethos, control del marco, categorización, metáfora, antítesis, prosodia, gestión de audiencia y posicionamiento.
Algunas de esas herramientas las utiliza de una manera que jamás recomendaría imitar porque o eres muy bueno haciéndolo, o te la juegas. Pero precisamente por eso merece la pena estudiarla con seriedad y no convertirla en una gurú de comunicación con brilli brilli.
La gran enseñanza de Moria para mi, es que cada vez que hablamos estamos compitiendo por el significado.
Cuando presentas una idea intentas decidir cuál es el verdadero problema. Cuando alguien te critica, negocias qué significa esa crítica y qué dice sobre ti. Cuando cuentas un fracaso, decides si aquello es una prueba de incompetencia o una parte de tu aprendizaje. Cuando das nombre a una manera de trabajar, estás intentando crear una categoría…
Por supuesto, cuando utilizas siempre las mismas palabras que utiliza todo el mundo, estás aceptando vivir en un lenguaje que otros construyeron.
La mayoría participamos en estas batallas semánticas sin darnos cuenta.
Moria lleva cincuenta años entrando armada y quizá por eso seguimos repitiendo sus frases.
Por eso una mujer que empezó llamándose Ana María Casanova ha conseguido una cosa que vale bastante más que ser conocida y es que, cuando alguien dice determinadas palabras, aparezca ella sin entrar en la habitación. Eso sí que es ocupar espacio, ¿no te parece?





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