El discurso del Papa en el Congreso: por qué leer es la forma más rápida de aburrir a los dioses

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¿Te has preguntado por qué el 99% de las presentaciones corporativas y los discursos institucionales te provocan un coma inducido a los cinco minutos?

No es por el tema y tampoco es porque tú tengas el déficit de atención de un pez de colores. El error principal es creer que para ser riguroso, respetable o institucional hay que extirparle el alma al lenguaje. Se suele confundir solemnidad con la falta de pulso, y la autoridad con rigidez.

Ayer analicé con lupa las casi tres horas de metraje, gestos y transcripciones del Papa en el Congreso de los Diputados. Bueno, a ti no te puedo mentir, lo analicé a saltos, porque se me hizo imposible estar pendiente ese tiempo… 

El texto, sobre el papel, es una filigrana técnica muy precisa de oratoria clasiquísima. Una delicia de la ingeniería persuasiva que sabe perfectamente que está pisando un campo de minas hiperpolarizado.

Pero la ejecución… puff. La ejecución nos deja la lección más valiosa y estratégica de los últimos años para cualquiera que tenga que subirse a una tarima a defender una idea o a liderar una marca.

Antes de empezar, por primera vez en mi vida voy a hacer una advertencia para quien me lee, que considero muy necesaria:

Este análisis no va de dogmas, ni de fe, ni de lo que cada uno decida rezar cuando se apaga la luz de la mesita de noche. Eso pertenece al ámbito sagrado de la conciencia individual. Lo que voy a destripar aquí es el motor de la palabra, la mecánica pura de la persuasión y la puesta en escena. Cuando un líder se sube a la tribuna del Congreso, su mensaje deja de ser sólo doctrina y se convierte en una pieza de comunicación ejecutiva y ahí, las reglas de la oratoria son universales, se vista uno con traje de sastre o con sotana.

Ahora sí, voy a destripar el motor de lo que pasó allí, pasito a pasito como diría Luis Fonsi.

El marco del «Caballo de Troya» (o cómo colar tu mensaje en terreno enemigo)

Cuando te diriges a una audiencia que está prevenida en tu contra, el peor error estratégico que puedes cometer es salir con los galones por delante. Si inflas el pecho, el otro sube su arma, esto es de primero de «El arte de la guerra».

¿Qué hizo el redactor de este discurso? (que seguramente no fue el Papa, ya te digo yo que no), pues utilizar el anclaje cultural compartido, es decir, para meter los conceptos más espinosos sobre límites morales al poder del Estado, no recurrió a encíclicas abstractas o dogmas que harían saltar las alarmas de la mitad del hemiciclo, sino que utilizó el inventario histórico del propio auditorio.

“Desde las páginas universales del Quijote donde Cervantes proclamó que la libertad es uno de los más preciosos dones… hasta la inquietud metafísica de Unamuno… España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social”.

Fíjate que esto es un recurso retórico perfecto, ya que al envolver tu tesis en la bandera de Cervantes o la Escuela de Salamanca, obligas al adversario a desarmarse. Si atacas el fondo de la idea, parece que estás escupiendo sobre Unamuno. Es un Caballo de Troya impecable: entras con la cultura y, una vez dentro, dejas caer el peso del mensaje político.

El búnker del papel

Aquí es donde el discurso se desmorona y se convierte en paisaje… 

La prosodia (la melodía, los silencios, el ritmo de tu voz) es el sistema nervioso de la persuasión y si el sistema nervioso no funciona, el cuerpo del mensaje muere.

El Papa cometió el clásico error del «lector institucional». Pasó el 90% del tiempo con los ojos clavados en las hojas de papel, con una cadencia idéntica y plana.

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¿Por dónde iba yo?

Piensa en esto: leyó con la misma velocidad, el mismo tono funcionarial y la misma falta de urgencia la enumeración protocolaria de los cargos del principio que el drama humano de las rutas migratorias o el peligro del rearme militar en Europa.

Cuando todo suena igual, nada es importante. 

Las frases lapidarias pasaban de largo como un tren de mercancías por una estación vacía. 

No hubo pausas estratégicas para dejar que el peso del argumento cayera en el estómago de los diputados. Si lees como si estuvieras repasando las condiciones de un contrato de permanencia telefónica, no esperes que la gente se juegue el pellejo por tu idea.

La distancia visual: si no miras, no existes

En comunicación ejecutiva y liderazgo, hay una regla de oro innegociable: persuadir es mirar.

La proxemia y el lenguaje corporal del acto fueron de una rigidez absoluta (para sorpresa de nadie).

Parapetado tras el atril, encorvado sobre los folios, escondiendo las manos que son las que transmiten honestidad y apertura al cerebro del espectador.

Al no levantar la vista para sostenerle la mirada al hemiciclo, el Papa no se estaba comunicando con ellos, sino que estaba leyendo ante ellos. Los diputados se convirtieron de golpe en oyentes pasivos de un audiolibro analógico. 

Así queridos niños, es como se rompe el hilo invisible de la atención y se pierde el control de la sala.

La lección del lucernario

Sin embargo, hacia el final del discurso ocurrió el único momento verdaderamente vivo de toda la sesión. 

El Papa levantó los ojos del papel, miró al espacio físico que lo rodeaba y soltó esto:

“…la luz natural entra por el lucernario que corona esta sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera”.

Esto es aprovechamiento del contexto inmediato. En ese preciso segundo, obligó a todos los presentes a mirar el techo de la habitación donde estaban sentados. El discurso se volvió físico, tangible, real y por un instante, la arquitectura del lugar trabajó para su mensaje.

Para que luego pienses que solo digo lo malo, ¿eh?

¿Qué te puedes llevar a casa?

Pues mira, puedes tener la estrategia de posicionamiento más brillante del mundo, el texto más pulido por los mejores copys del planeta o los datos más demoledores en tu presentación, pero si cuando sales a escena eres un sándwich mixto (standard, predecible, plano y frío), estás jodido.

La solemnidad y el rigor no se consiguen mediante la monotonía y la desaparición del individuo. La autoridad real necesita piel, necesita mirar a los ojos al otro y sostenerle el pulso mental.

Si tu mensaje no comparece ante la mirada del que te escucha y sale de ahí provocando un cortocircuito, solo estás haciendo ruido (y de eso ya hay mucho).

Y ahora, toca examen de conciencia, ¿cuándo fue la última vez que diste una presentación mirando las slides o tus notas en vez de abrir la ventana para mirar de verdad a tu audiencia? 

Si has visto el discurso y quieres añadir algo más, este es tu momento y tu espacio.

Una respuesta a «El discurso del Papa en el Congreso: por qué leer es la forma más rápida de aburrir a los dioses»

  1. Avatar de Arturo
    Arturo

    ¡Genial análisis!
    Aprender a ha lar a través de los errores de los más grandes los humaniza mientras a nosotros nos empodera.Gracias :)

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