El síndrome de Ulises o por qué tu negocio muere en la atención y solo resucita en la intención

El síndrome de Ulises: economia de la intención

Imagina que el aire es frío y la humedad insoportable. Es el siglo IX antes de Cristo y Ulises, el rey de Ítaca, ordena a sus hombres que lo aten de pies y manos al mástil de su barco. Les exige que se tapen los oídos con cera de abejas y que, bajo ninguna circunstancia, por mucho que él suplique, gima o amenace, aflojen las cuerdas. 

Ulises sabe que el canto de las sirenas que se aproxima no busca su felicidad, ni su dinero, ni su trascendencia. Busca su naufragio y busca devorarlo.

sirenas economia intencion
Imagen de copywritters en Linkedin, digo de «Sirenas atrayendo a marineros»

Casi tres mil años después, tú no estás en una embarcación en el mar Jónico. Estás sentado en el sofá, o en la silla de tu oficina, mirando una pantalla de seis pulgadas y las sirenas ya no cantan, sino que notifican. 

Envían impulsos eléctricos diseñados por neurocientíficos de Stanford para activar la dopamina de tu cerebro exactamente con el mismo mecanismo que una máquina tragaperras de “Las Vegas”. 

El dedo hace scroll

Otro impacto. 

Otro titular con gancho. 

Otra promesa vacía. (Jo, qué bien empezamos hoy, prepárate).

Estuve charlando con Sergio y Bruno en el podcast de Collac, desnudando esta gran mentira llamada «economía de la atención», sí sí, eso que nos han venido que es el “Santo Grial” de los negocios. 

Si no estás ahí fuera chillando más fuerte que el vecino, haciendo el payaso en un vídeo de quince segundos o «hackeando» (maldito palabro), el algoritmo de turno, no existes. Te miden el éxito en impresiones, en views, en corazoncitos de color rosa, en pulgares hacia arriba (curioso, como el gran circo romano…)

circo romano redes sociales anamata
Pulgares hacia arriba, pulgares hacia abajo y como los gorilas… uh-uh-uh

“Andas mendigando aplausos porque te da miedo sentarte a cerrar ventas.” Ana Mata, visionaria de miedos y otras cosas. Ave César.

Fíjate en la cruda realidad del motor que mueve esto: la economía de la atención es un modelo extractivo (lo quéeeeee). Dicho en cristiano, es que trata tu cerebro (y el de tus clientes) como si fuera petróleo: un recurso limitado que hay que explotar hasta dejar el pozo seco. 

Microsoft Canadá publicó un controvertido y famosísimo informe titulado Microsoft Attention Spans Research Report, donde analizaba mediante electroencefalogramas el impacto de la era móvil

Bien, pues los datos revelaron que la capacidad de atención humana media caía en picado desde los doce segundos registrados en el año 2000 hasta los escasos ocho segundos.

¡Ocho segundos!

Menos que los nueve segundos de memoria que la sabiduría popular le atribuye a un pez de pecera. 

Si basas tu estrategia de negocio en capturar esos ocho segundos residuales de una mente hiperestimulada y exhausta, estás construyendo un imperio sobre arenas movedizas.

Estamos jodidos.

La métrica de la vanidad frente al peso del deseo

El error de base es creer que el branding es embellecimiento o acumulación de ruido, cuando debería ser alumbramiento de intenciones claras

El propio Herbert Simon, premio Nobel de economía, lo dejó escrito en su obra clásica Designing Organizations for an Information-Rich World

«La riqueza de información crea una pobreza de atención»

Lo que Simon no calculó en su teoría sobre la gestión de la información, es que la desesperación de las empresas por rascar esa atención fragmentada crearía una industria entera de contenidos basura.

Aquí es donde se abre la brecha y donde los adultos nos separamos de los niños en el mercado. Frente a la economía de la atención emerge la economía de la intención.

La atención se roba y la intención se ofrece. La atención es pasiva, visceral, reactiva (un mono pulsando una palanca). La intención es activa, deliberada, racional (un ser humano buscando una herramienta para sanar una herida o resolver un problema concreto).

Radiografía del despilfarro (digital)

Si me sigues (ya sabrás tu por qué), sabes que sin dato no hay relato, así que aquí van unos pocos, que como dice Aristóteles, sin “logos” no hay paraíso… (Bueno, eso lo digo yo y no él.)

Si cruzamos las auditorías de mercado de consultoras como Gartner con los informes macroeconómicos de conversión que publica HubSpot en su State of Sales Report, descubrimos la dolorosa realidad del retorno de inversión y es que la tasa de conversión media en la publicidad basada puramente en «impactos de atención» (redes de display interruptivas, anuncios sociales masivos), apenas rasca entre un escaso 0.8% y un 1.2%

Uchhhh, esa me ha dolido hasta a mi.

Por el contrario, cuando analizas los datos de tráfico que nacen de canales de alta intención (búsquedas web específicas, consultas de soluciones corporativas estructuradas y lectores fieles de newsletters de nicho), la tasa de conversión media salta por encima del 4.5%

Es decir, la intención es hasta cuatro veces más eficiente y barata en términos de energía y capital.

Para que lo veas más claro, vivimos en un ecosistema saturado donde, según las métricas de exposición de agencias globales de medios, un usuario hiperconectado recibe una media de entre 5.000 y 10.000 impactos publicitarios diarios.

El cerebro, por pura supervivencia biológica y saturación de estímulos, borra de forma fulminante el 99.9% de ellos.

Piensa en esto: ¿recorrías toda España para probar el mejor sándwich mixto del mundo? No. Pero seguramente sí que viajarías a Segovia a comer cochinillo o pagarías tres veces más por ese cirujano específico que te arregla la rodilla que te impide jugar con tus hijos. 

El sándwich mixto busca tu atención cuando tienes un hambre genérica y te da igual lo que caiga en el estómago. El especialista vive de tu intención cuando el dolor te quema por dentro. (Aristóteles, perdóname por meter un sándwich en medio de la retórica, pero es que si no, no me entienden).

Las tres capas de la conversión real

Para dejar de ser un mendigo de clics y convertirte en un destino estratégico, tienes que estructurar tu comunicación bajo el principio de la tensión dirigida

No busques que te miren, busca que te necesiten. Ana Mata- visionaria.

Esto se ejecuta cruzando tres variables fundamentales:

1. El filtro de la densidad cultural

Cuando tú escribes o hablas para la intención, no rebajas el nivel del discurso. Si tu cliente potencial necesita una solución ejecutiva, quiere ver profundidad, no un bailecito de tendencias. 

Usa referencias que exijan un mínimo de neuronas activas. Si nombras a Churchill o analizas cómo Listerine inventó la halitosis para crear un mercado desde la vergüenza, estás expulsando al curioso del sándwich mixto y atrayendo al comprador que busca rigor.

2. La paradoja del espejo

El contenido de atención habla sobre lo guapo que es el emisor («mira mi oficina, mira mi éxito»), mientras que el contenido de intención actúa como un espejo implacable donde el cliente ve reflejada su propia impostura, su miedo a la mediocridad o el desorden de su organización. 

No me hables de tus veinte años de experiencia, mejor hazme la pregunta exacta que me haga darme cuenta que mi equipo de comunicación está tirando el presupuesto a la basura por miedo a decir la verdad.

3. La oralidad

La intención no se lee como un manual aburrido impregnado de palabras rancias que crea la IA como “disruptivo, “brutal”, “radical” y más cositas que me ponen los pelitos como escarpias. 

Nada de «soluciones integrales» ni «hojas de ruta sinérgicas» (si usas esas palabras en tu web, mereces que nadie te compre, en serio). 

«Háblale a tu mercado con la verdad de un bar y el conocimiento de una biblioteca». – Ana Mata, profeta en bares y bibliotecas.

La gente no compra marcas, no. 

Compra la autoridad de personas que se atreven a hablar como seres humanos vivos (es que los muertos no hablan, ¿sabes? o al menos no les escuchamos aún).

La herida del compromiso

No te voy a hablar de mi y de cómo trabajo esta herida, eso para unas cañas, pero sí que te voy a decir que el compromiso real de una marca inolvidable no es con el volumen de su voz. Que va, es con la claridad de su propuesta. 

Capturar la atención es un juego de trileros. Cualquiera puede salir desnudo a la calle y conseguir que mil personas lo miren. Pero, ¿cuántas de esas personas se quedarían a escuchar su propuesta de valor? 

Ninguna.

Espera, que te lo repito.

NIN-GU-NA

«La marca es el nombre de la victoria, pero la categoría es el campo de batalla que tú mismo te encargaste de dibujar en la mente de tu cliente«, Ana Mata, peleona por compromiso.

Si juegas al juego de la atención, estás compitiendo contra los vídeos de gatitos, los memes del día y las polémicas de Twitter (perdón, se llama X). Buena suerte con eso, (yo ya me acuesto, que me sube la tensión).

Si juegas al juego de la intención, dejas de competir, te posicionas como la única respuesta lógica a un problema concreto, tu comunicación se vuelve afilada, directa, quirúrgica y no necesitas un millón de seguidores. Solo necesitas cien mentes decididas que compartan tu visión y entiendan tu lenguaje.

Así que te dejo la tarea de esta semana, para que te mires por dentro y dejes de autoengañarte con las analíticas locas de tus redes, web o lo que sea que mires en tu ecosistema digital:

¿Por qué debo invertir mi tiempo en leerte? ¿Y por qué tu cliente ideal debería gastar el dinero que pides en lugar de irse con la copia barata que grita más fuerte? 

Sé sincero, porque entre tú y yo, en el fondo de tu negocio, ya sabes perfectamente la respuesta.

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