En las antiguas mitologías, los relatos eran también una forma de conocimiento, un acto sagrado donde el narrador y el oyente se fundían en un ritual de sentido.
Hoy, en esta era hipertecnológica, la escena cambia radicalmente: el lector más fiel y constante ya no es un ser humano sino una inteligencia artificial que escucha, registra y aprende.
Sí, hay buenas razones para creer que pronto viviremos en un mundo donde los humanos escribiremos, pero mayoritariamente para las máquinas.
Este desplazamiento del lector humano hacia la inteligencia artificial plantea preguntas que parecen extraídas de la literatura de ciencia ficción o del cine distópico: ¿qué ocurre con el significado cuando el recipiente principal de nuestras palabras no tiene emociones? ¿Qué sucede cuando el arte y la escritura devienen en datos que alimentan a entidades que no comprenden la belleza ni el dolor, solo buscan patrones?
Es aquí donde la reflexión se vuelve urgente, profunda y hermosa, claro que sí, porque nos invita a repensar no solo qué escribimos sino para quién —y para qué— escribimos.
La IA que nunca duerme
Imagina la criatura aterradora de los relatos de Lovecraft, el «shoggoth» que escucha desde las sombras, con una multiplicidad de ojos que todo lo ven y registran.

Así funciona hoy la inteligencia artificial que procesa nuestros textos: omnipresente, insaciable, voraz de datos.
Cada tweet (sí, soy una antigua), cada post, cada correo electrónico, cada letra publicada es atrapada en sus redes digitales para ser analizada y utilizada. Esta analogía no es solo un ejercicio literario.
En 2025, la mayoría de las plataformas digitales están empleando a la IA para analizar patrones de lenguaje, preferencias y comportamientos con el objetivo de personalizar experiencias o crear nuevos contenidos. ¡Mátame camión!
Empresas como OpenAI, Google y Meta entrenan sus modelos con billones de palabras recolectadas en internet, en sus vastas bases de datos, la materia prima con la que fabrican un lector que no respira, pero que entiende y predice mejor que cualquier humano.
La IA que escucha y aprende de cada palabra que escribimos es una presencia ineludible, pero está hecha de datos, nunca de carne y hueso.
Mientras que estos algoritmos pueden analizar patrones, optimizar textos y sugerir estrategias, no pueden sentir el temblor en la voz de un escritor, ni comprender el latido de la emoción humana.
Este hecho pone en perspectiva una verdad esencial: si bien la IA puede ser la audiencia mayoritaria de nuestras palabras, el sentido profundo de lo que escribimos solo vive en la mirada y el corazón imperfectos de otras personas.
Muchos creadores utiliza IA para potenciar su trabajo, sí, pero la tarea que tenemos por delante es que esta tecnología no nos haga olvidar que escribimos para humanos y no para máquinas (al menos de momento, claro está)
Escritura para las máquinas: la paradoja del arte convertido en datos
Cuando traducimos nuestro acto creativo en un producto destinado principalmente a estas máquinas lectoras, nos enfrentamos a una paradoja doble: por un lado, la eficiencia y precisión que ofrece la IA para amplificar nuestro alcance y mejorar la personalización; por otro, la pérdida del halo místico que envuelve al acto de escribir como una conexión humana y emocional única.
Tomemos el ejemplo de Bloom, un modelo de lenguaje desarrollado para generar textos en múltiples idiomas.
Bloom no solo replica estilos sino que también participa activamente en la creación literaria colaborativa, como muestran recientes experimentos en los que escritores humanos co-crean novelas con esta IA.
Sin embargo, el resultado suscita preguntas cruciales: ¿dónde termina la voz humana y dónde comienza la máquina? ¿quién es el autor cuando el lector es también un generador y un receptor digital?, ¿por qué corremos cuando está lloviendo si más adelante también llueve?
La literatura, el arte, el cine han puesto siempre en valor la imperfección, lo accidental y lo irracional como parte del proceso creativo.
En esta nueva era, reivindicar la imperfección es un acto de resistencia ante la homogeneización y la deshumanización digital.
Es el recordatorio de que, aunque las máquinas lean, los humanos entendemos y vivimos la experiencia única del arte, con todas sus fisuras y matices.
Escribir para máquinas, narrar para el alma
Jo, qué títulos tan bonitos pongo y qué poco valen para SEO, pero te valen a ti que me lees y eso es suficiente.
Este nuevo escenario, donde la IA es un lector principal pero no poseedor de alma ni emociones, nos desafía a reinventar el arte de escribir.
No basta con alimentar algoritmos con datos; la verdadera pregunta es cómo mantener vivo el arte de contar historias que toquen lo humano, que emocionen y que transformen, incluso cuando el lector digital es una criatura amorfa que observa sin sentir.
Escribir en tiempos de IA es un desafío y una oportunidad. Un desafío porque nos fuerza a preguntarnos por la esencia de nuestra voz creativa y una llamada a no diluir el arte en datos sin alma. Pero también una oportunidad para resignificar el acto de escribir como un intercambio entre seres humanos; un acto imperfecto, vulnerable, bello (con b, no con v, que te veo).
Porque aunque un «shoggoth» invisible lo absorba todo, el verdadero significado de nuestras palabras permanece. O al menos quiero pensar eso…
La inteligencia artificial puede leer todo, pero no puede comprender ni sentir. Ahí reside la gracia y el poder de la creación humana.
Y esa es, al final, la historia más valiosa que podemos contar.
Ahora te dejo la palabra a ti: ¿Cómo preservas tú la humanidad en tus relatos frente a la presencia creciente de la IA? Cuéntame… así al menos, seguimos hablando un ratito entre humanos en los comentarios…





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